|
|
Movimiento
Internacional por la Democratización de los Mercados Financieros
y sus Instituciones
|
|
|
|
OTRO MUNDO ES POSIBLE,
|
|
|
OTRO ARAGÓN
TAMBIÉN.
|
||
|
|
|
El Sistema
Publico de Pensiones
constituye en España el mayor mecanismo de solidaridad intergeneracional.
Las pensiones publicas son la parte más importante del gasto social,
representan el 41% (2000) de este gasto, y ha pasado de ser el 10,1% del
PIB en 1993 al 9,7% en el 2000. En los últimos años se ha tendido al
mantenimiento de las prestaciones y no a su mejora (aunque esta se ha
producido a nivel mínimo) y se han despejado las malas perspectivas – más
ideológicamente interesadas que reales – que se pronosticaban sobre el
futuro del sistema.
Existen dos tipos de sistemas de pensiones: ·
Universalistas que protegen
a toda la población con independencia de que trabaje o no. ·
Profesional o contributivo
cuya protección se reduce a aquellos que desarrollan una actividad
productiva. Otra
división es la de sistemas de capitalización, propio de los sistemas
privados, o de reparto intergeneracional. El sistema español es de
reparto y combina el universalismo (pensiones no contributivas) y el
profesional-contributiva (pensiones contributivas).
Las instituciones que participan en la financiación y gestión son
de tres tipos: Estado, Seguridad Social y Comunidades Autónomas.
El sistema público de pensiones muestra dos grandes ámbitos:
uno el contributivo, derivado de las aportaciones previas a la Seguridad
Social, es decir las pensiones contributivas se pagaran íntegramente por
cotizaciones, y el no contributivo para aquellas personas que no puedan
acceder a una pensión contributiva. Las pensiones contributivas cubren
los casos de invalidez, jubilación, viudedad, orfandad y a favor de la
familia. Las pensiones no contributivas están referidas fundamentalmente
a jubilación, invalidez y prestaciones por hijo, así como a las Rentas Mínimas
de Inserción de las CCAA. El establecimiento de pensiones no
contributivas de la Seguridad Social tiene una gran importancia pues,
aparte de afectar a un amplio colectivo, implica la aparición de una
dimensión universalista en el seno de la Seguridad Social dándole un carácter
más progresista, ya que estas pensiones se financian con aportaciones del
Estado.
Se ha estimado que la política de pensiones durante la última
legislatura del PSOE y la primera del PP obedece al convencimiento de que
se había alcanzado un nivel de protección suficientemente digno, que hacía
innecesario seguir profundizando en nuevas mejoras. Esta afirmación
merece algunas matizaciones como es el hecho de que muchos colectivos,
pero sobre todo el de rentas mínimas, sigan percibiendo pensiones de
escasa cuantía.
En los últimos años, como ya hemos expresado, se ha tendido a
“conservar” y articular los instrumentos necesarios para garantizar la
estabilidad del sistema y el nivel de protección social alcanzado, lo
cual nos llevó al Pacto de Toledo y a la ley 24/1997 que lo complementa.
Una de las lecturas que se puede hacer del pacto de Toledo es que por una
parte garantiza el carácter de reparto
de la Seguridad Social, descartando su sustitución
por uno de capitalización lo cual es positivo, pero por otra
promociona el establecimiento de planes de pensiones privados, aspecto
claramente negativo. También
es contradictorio en cuanto a su “progresividad” pues, aunque como
hemos dicho, promociona el que las aportaciones estatales financien
prestaciones universalistas del sistema (sanidad, pensiones no
contributivas y servicios sociales) también amplía el carácter
contributivo matizando su componente solidario.
Parecidas valoraciones podrían hacerse de la ley 24/1997, añadiendo
que abre la puerta a la revalorización de las pensiones más
insuficientes, aunque no podemos olvidar que a pesar de los avances hay un
número significativo de pensiones incapaces de garantizar una vida digna
a sus preceptores.
El impacto sobre el gasto en el periodo 1993-2000 tiende a
contenerse, manteniéndolo en lo ya conseguido, no obstante, a partir de
1997 se permiten ligeros incrementos que favorecen la expansión de este
gasto. Esto no entra en contradicción con el hecho de que el incremento
en % del PIB sufra un descenso. Es importante señalar por otra parte la
caída del aumento del número de pensiones contributivas a partir de 1998
ya que esto tiene un impacto significativo sobre los costos del sistema. Un
hecho de gran importancia es lo sucedido con la relación cotizaciones /
pensiones ya que es fundamental para el mantenimiento del sistema. Debido a la buena coyuntura económica el número de
afiliados a la Seguridad Social crece a partir de 1995, la relación entre
cotizaciones y pensiones contributivas pasa de 1,83 en 1993 a 1,98 en el
2000. Resumiendo,
a partir de 1997 hay dos fenómenos que propician la contención del
gasto, la evolución favorable del IPC y un menor incremento del número
de pensionistas lo que propicia que el tanto por ciento del PIB en
pensiones de vejez pase del 9,2% del PIB en 1997 al 8,7 en el 2000. Como
dato comparativo interesante, en Francia
este tipo de pensiones suponían alrededor del 11% del PIB.
El tradicional déficit que hizo recurrir a préstamos del Estado,
se transforma a partir del año 2000 en superávit de manera que a partir
de este año la Seguridad Social inyecta recursos a la administración
central del Estado contribuyendo a la reducción del déficit público.
Puesto que este superávit no se ha empleado en aumentar de manera
sensible las pensiones mínimas se ha perdido una ocasión para paliar las
desigualdades, lo que choca con la filosofía con el Pacto de Toledo y de
la ley del 97, es decir, seguimos sin plasmar una seguridad social
que además de su función aseguradora realice una mayor función
redistributiva.
El debate sobre la sostenibilidad del sistema de pensiones
surgido alrededor de 1990 se basa en una mala coyuntura económica,
extrapolando, de manera interesada, los parámetros del momento hacia el
futuro. Felizmente la realidad no ha dado la razón a aquellos sectores de
la banca sobre un supuesto colapso de nuestra seguridad social hacia el año
2000 o 2002.
Esta polémica tiene un cierto carácter cínico si consideramos
que los grupos de poder que la promovieron, cargan sobre las cuentas
publicas parte del costo de las prejubilaciones de las grandas empresas
que ellos controlan, empresas que en general obtienen cuantiosos
beneficios: Telefónica, eléctricas, banca, etc.. Una vez mas los costos
privados son asumidos por el dinero publico.
No obstante la alarma social generada por este debate ha favorecido
el impulso de los sistemas complementarios privados, estimulados por el
mantenimiento de las pensiones publica a nivel bajo y por el favorable
tratamiento fiscal, entre otros factores. El éxito de estas medidas es
indiscutible dado el espectacular crecimiento de los fondos de pensiones
privados sobre todo en los años del “catastrofismo”. Esta dinámica
tiende a una peligrosa dualización del sistema: los grupos con menos recursos tendrán
que conformarse con un sistema de mínimos públicos y los mas favorecidos
lo complementaran con un sistema privado, corriéndose el riesgo de
un sistema publico permanentemente precarizado, ampliándose la brecha
entre las clases medias y populares con el peligro que esto supone para
toda la estructura del Estado del Bienestar. Es
importante señalar que el “problema” de las pensiones no sólo está
ligado a lo expresado hasta ahora, es decir, a la disponibilidad de
recursos sino también a la distribución de los recursos de un país,
cuestión que se tiende a olvidar con frecuencia y que hace referencia a cómo
se distribuye la riqueza que se genera,
entre las diferentes clases sociales. No se puede pensar que el
crecimiento es un fin en sí mismo sin considerar que es un medio para
incrementar el bienestar de toda la población y que esto depende de su
distribución. En este sentido la presión social
es fundamental para lograr una distribución más equitativa de la
riqueza y para una estructuración mes redistributiva del sistema de
pensiones. La
asistencia por viudedad también muestra
un cierto subdesarrollo con relación la media de los países de nuestro
entorno. El gasto en % del PIB en España fue en año 2000 del 0,8, la media de la UE fue en ese mismo año del 1,3%. Es
importante señalar que en 1994 supuso un 1% y que a partir de ese año ha
ido descendiendo. En
resumen el impacto de las
pensiones sobre las desigualdades a tenido un cierto efecto progresivo
redistribuidor, pero su desarrollo ha sido contradictorio, como al de todo
el Estado del Bienestar, por ello nos encontramos con situaciones sobre
las que hay que seguir incidiendo y aplicando la presión social:
prestaciones bajas alejadas de la
media europea y en algunos casos de un mínimo digno, desigualdades
importantes entre los pensionistas que
además se van incrementando (el índice GINI de las pensiones así lo
atestigua), desigualdades de genero, etc.. Cabe concluir que en un
contexto de crecimiento económico la intensidad protectora de las
pensiones no ha crecido de forma paralela, situando a los pensionistas en
una peor situación relativa dentro de la estructura social. |
||